"Ahora comes por dos." "Pero no tanto, eh, que luego no se quita." "Disfruta tu panza." "¿Y cuánto llevas subido?"
¿Cómo se siente una mujer embarazada que escucha todo esto en la misma semana? A veces en la misma comida familiar. A veces en el mismo consultorio. Para muchas, la sensación es que no hay forma de atinarle: haga lo que haga, alguien va a opinar sobre su plato o sobre su cuerpo. Y cuando la comida ya había sido un terreno difícil en algún momento de su vida, estos meses pueden despertar pensamientos que parecían superados.
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) también aparecen, se esconden y regresan durante el embarazo y el postparto. Es un tema del que casi no se habla, y por eso muchas mujeres lo atraviesan en silencio, convencidas de que son las únicas. Nombrarlo con claridad, y sin culpa, es el primer paso para que puedan recibir apoyo.
Cuando todos opinan y nada cuadra
Desde muy pequeñas, las mujeres aprendemos que cuando la vida se vuelve incómoda la respuesta es controlar la comida y el cuerpo. Y convertirse en mamá es uno de los cambios más grandes que existen: se transforman la identidad, el trabajo, la pareja, las amistades y el cuerpo, todo al mismo tiempo. La nutrióloga y querida colega Lindsay Stenovec, especialista en TCA durante el embarazo y el postparto, describe esta combinación como una tormenta perfecta.
Encima llegan los mensajes. En el consultorio y fuera de él, una embarazada puede escuchar cosas como:
- "En el primer trimestre no deberías subir de peso", aunque tenga un hambre que no la deja pensar.
- "Come, pero no por dos."
- "Abraza tu panza", siempre y cuando se vea "bonita".
- "No hagas dieta, pero cuidado con la báscula."
- "Ya llegaste al límite, de aquí al parto ya no subas", a las 37 semanas, con un bebé que sigue creciendo…
- Y después del parto: "come para tener buena leche, pero no para engordar", "¿para cuándo recuperas tu cuerpo?" y, sobre todo, "no les pases tus inseguridades a tus hijos".
Stenovec señala, con algo de ironía, que la idea de que en el primer trimestre no hace falta comer más solo tendría sentido si los cuerpos funcionaran como robots. En esas semanas muchas mujeres pasan de no tolerar la comida a sentir un hambre urgente en cuestión de horas. Lo que necesitan es permiso para responder a esa hambre, no una restricción más.
Pedirle a una mujer que no haga dieta y, al mismo tiempo, que controle con precisión cuánto sube de peso es, en la práctica, pedirle que haga dieta. Además, el aumento de peso en el embarazo no depende de la fuerza de voluntad. Hay cuerpos que suben desde el primer trimestre y cuerpos que no, y ninguno está haciendo algo mal.
Las tablas de aumento de peso que se usan en muchos consultorios parten del IMC previo al embarazo y se basan en pocos estudios observacionales, que no prueban causa y efecto. Pueden ser útiles para que el equipo médico detecte cambios bruscos. El problema aparece cuando se convierten en una meta que la mamá tiene que cumplir comiendo menos.
Un estudio de 2009 encontró que las mujeres que vivían el embarazo con más preocupación por su peso tendían a subir más, no menos. La vigilancia constante no las protegía; las desgastaba.
La doctora Jennifer Gaudiani, internista especializada en TCA, observa en su libro Sick Enough que la panza de embarazo parece interpretarse como un permiso para opinar sobre el cuerpo ajeno, e incluso para tocarlo sin preguntar. Si las mujeres ya vivimos rodeadas de comentarios sobre nuestro cuerpo, el embarazo los multiplica.
Lo que está pasando y casi nadie ve
Se estima que alrededor del 7.5% de las mujeres embarazadas vive con un TCA diagnosticable, según el estudio que se consulte. Para dimensionarlo: la diabetes gestacional afecta a cerca del 9% de los embarazos, y a prácticamente todas las mujeres embarazadas se les hace la prueba de diagnóstico. Para los TCA casi no existe ninguna revisión o evaluación de rutina.
Si en lugar de diagnósticos completos se habla de conductas como saltarse comidas, compensar o comer con mucha culpa, un estudio de 2012 encontró que podían estar presentes en el 27% de las mujeres embarazadas. De ellas, el 93% no fue identificada por su equipo médico.
Antes del embarazo pasa algo parecido. Gaudiani cita un estudio en una clínica de fertilidad donde el 20% de las mujeres que llegaban a su primer tratamiento cumplía criterios de un TCA actual o pasado, y ninguna se lo había dicho a su especialista. En otra encuesta, menos del 40% de los profesionales de fertilidad sentía que podía reconocer un TCA.
¿Por qué se queda tan escondido?
- Vergüenza. Muchas mujeres piensan "si ya estoy embarazada, debería poder con esto". Y como no pueden, prefieren quedarse en silencio.
- Miedo a no ser escuchadas. ¿Qué les van a responder? ¿Las van a regañar? ¿Alguien sabrá qué hacer?
- Los síntomas se confunden. La náusea, el vómito y la falta de apetito del primer trimestre pueden tapar los síntomas de un TCA, o volverse convenientes para él.
- La insatisfacción con el cuerpo está normalizada. "Todas nos preocupamos por el peso" es una frase que cierra la conversación justo cuando había que abrirla.
El embarazo tampoco afecta igual a todas. En muchas mujeres con anorexia o bulimia los síntomas bajan durante estos meses, porque resisten las conductas por su bebé. Con el trastorno por atracón no suele pasar eso, y además es el TCA más frecuente en el embarazo.
Hablar de riesgos es necesario, siempre que no se convierta en una fuente más de culpa. Los estudios asocian la anorexia activa con bebés de bajo peso y más complicaciones maternas, y el trastorno por atracón con bebés de mayor peso al nacer y más cesáreas. Un riesgo no es un destino, y si algo pasa no significa que sea culpa de la mamá. Buena parte de las mujeres en esos estudios nunca recibió tratamiento. Gaudiani señala, por ejemplo, que el riesgo de un bebé muy pequeño en mujeres con anorexia parece desaparecer cuando la mamá logra un aumento de peso adecuado. El acompañamiento cambia el panorama.
El miedo también llega antes del embarazo. Muchas mujeres que han vivido un TCA cargan con una frase que alguien les dijo, a veces desde la adolescencia y a veces un médico: "si sigues así, nunca vas a poder tener hijos". Gaudiani califica esa amenaza como poco amable y científicamente incorrecta: los estudios muestran que una recuperación completa da las mismas posibilidades de embarazo que a cualquier otra mujer.
Después del parto: el momento de mayor riesgo
No hay embarazo sin postparto, y el postparto es la etapa con más riesgo de que un TCA regrese o aparezca por primera vez.
Que los síntomas bajen durante el embarazo es una buena noticia, pero puede hacer creer que el problema ya se resolvió, y muchas mujeres dejan el tratamiento. En un gran estudio en Noruega, a los 18 meses del parto solo la mitad de las mujeres con antecedente de anorexia y el 39% de las que tenían bulimia seguían en recuperación. A los tres años, con un niño corriendo por la casa, el 41% de las mujeres con anorexia y el 70% de las que tenían bulimia habían recaído.
Los TCA también caminan de la mano con la salud emocional. Las mujeres que viven un TCA durante el embarazo tienen 50% más probabilidad de desarrollar depresión postparto. Y aunque es la que más se menciona, la ansiedad postparto es todavía más frecuente.
¿Por qué pasa? Hay cambios hormonales, sueño interrumpido, un cuerpo que está sanando y una identidad que se acomoda. Hay un bebé que cambia cada semana, justo cuando parecía que por fin se le había entendido. Y está el mandato de "recuperar el cuerpo", como si se hubiera perdido. Para quien aprendió que cambiar el cuerpo es la forma de sentirse en control, ese es el camino más a la mano.
Es algo que Stenovec describe y que también veo con frecuencia en mi consulta: mujeres apenadas y enojadas consigo mismas que llevaban años bien y, a los tres o seis meses del parto, los pensamientos volvieron con una fuerza que no recordaban. El mensaje para ellas es claro: no es su culpa. Es una señal para pedir apoyo pronto, y pedirlo es una forma de cuidarse a sí mismas y a su familia.
¿Qué puede ayudar?
Para quien está embarazada o acaba de tener a su bebé
- Ver el hambre como información, no como un error. Para muchas mujeres, el embarazo es la primera vez que se dan permiso de comer. Si después de años de restricción sienten que quieren comer "de todo", es una respuesta esperable del cuerpo, no falta de voluntad.
- Pedir no saber el peso. Si la báscula le genera angustia, puede pedirle a su médico que la pese sin decirle el número y que solo le avise si algo le preocupa.
- Compartir su historia de TCA con el ginecólogo. No para que la vigilen, sino para que su equipo pueda cuidarla mejor.
- Usar ropa de su talla actual. La ropa que aprieta es un recordatorio constante, e innecesario, de su cuerpo.
- Hacerse una pregunta sencilla: "cuando me siento abrumada, ¿qué le pasa a mi forma de comer?"
- Armar desde antes un plan para después del parto. Quién le va a ayudar con la comida, con quién puede hablar en un mal día, qué grupo de mamás o qué terapeuta tiene cerca. Prepararse más allá del cuarto del bebé también es prepararse.
Señales para pedir ayuda
- Restringir la comida: saltarse comidas, reducir porciones o eliminar grupos de alimentos.
- Compensar lo que se comió con ejercicio, vómito, laxantes o ayunos.
- Episodios de atracón: comer grandes cantidades con sensación de pérdida de control.
- Culpa intensa después de comer, aunque no haya habido un atracón.
- Miedo intenso a subir de peso o a que el cuerpo cambie.
- Necesidad constante de revisar el cuerpo (body checking): pesarse con frecuencia, medirse, mirarse en el espejo o tocarse partes del cuerpo para comprobar si cambiaron.
- Pensamientos sobre la comida o el cuerpo que ocupan buena parte del día.
- Esconderse para comer o evitar comer frente a otras personas.
Ante cualquiera de estas señales, lo indicado es buscar un equipo especializado en TCA: psicología, nutrición y el médico trabajando juntos. No hace falta esperar a estar "lo suficientemente mal".
Para quienes acompañan a una mujer embarazada
- Evitar comentarios sobre su cuerpo o sobre lo que come, sean críticas o elogios.
- Preguntarle cómo se siente, no cuánto ha subido.
- Ofrecer ayuda concreta: comida hecha, tiempo para que descanse, compañía.
Para profesionales de la salud
Una pregunta sencilla abre conversaciones que un cuestionario no abre: "Cuando te sientes abrumada, ¿cómo cambia tu forma de comer?". Vale la pena preguntar por historia de TCA y dietas, usar las guías de peso como referencia y no como meta, y dejar programado un contacto en las primeras 6 a 8 semanas después del parto.
Un último mensaje para las mamás
Nadie puede cumplir con todos esos mensajes al mismo tiempo, porque se contradicen entre sí. Por eso, cuando una mamá siente que haga lo que haga nunca es suficiente, vale la pena recordar que la falla está en los mensajes, no en ella.
El cuerpo de una mujer embarazada está haciendo un trabajo enorme. Lo que necesita es comida, descanso y personas que la traten con respeto, no que la vigilen. Si en el camino aparecen pensamientos que asustan, o regresan algunos que ya conocía, eso no significa que esté fallando como mamá. Es una reacción comprensible ante una de las etapas más intensas de la vida, en una cultura que exige demasiado. Pedir ayuda a tiempo es una forma de cuidarse a sí misma y de cuidar a su familia.
Dra. Gina Salame, nutrióloga clínica especialista en trastornos de la conducta alimentaria (CEDS-C).
Referencias
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- Gaudiani, J. L. Sick Enough: A Guide to the Medical Complications of Eating Disorders. Routledge. Capítulo 24, "Sexual and Reproductive Health". DOI: 10.4324/9781003624523-31.
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