Por Dra. Gisela Acevedo, Neuróloga Pediatra
Tal vez comenzaste a notarlo poco a poco: tu hijo no siempre voltea cuando lo llamas, parece tener poco interés en compartir lo que está viendo contigo, aún no habla como esperabas para su edad o realiza algunos movimientos de manera repetitiva.
Y entonces aparece una pregunta que puede generar muchas emociones:
“¿Y si mi hijo tiene autismo?”
Lo primero que quiero decirte es algo importante: observar una o varias de estas características no significa automáticamente que tu hijo tenga autismo. El desarrollo infantil es muy diverso y existen distintas razones por las que un niño puede presentar retrasos o diferencias en determinadas habilidades.
Sin embargo, tampoco debemos ignorar las preocupaciones de la familia ni quedarnos únicamente con un “hay que esperar, cada niño tiene su ritmo”.
Cuando algo en el desarrollo te preocupa, vale la pena evaluarlo.
Primero: ¿qué es el autismo?
El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es una condición del neurodesarrollo. Esto significa que está relacionado con la manera en la que el cerebro se desarrolla y procesa la información.
Se caracteriza principalmente por diferencias en dos grandes áreas:
- La comunicación social y la interacción con otras personas.
- Patrones repetitivos de comportamiento, intereses o actividades, así como diferencias en la forma de procesar estímulos sensoriales.
Se llama “espectro” porque no existe una sola manera de ser autista.
Hay niños que desarrollan lenguaje verbal fluido, mientras que otros necesitan sistemas alternativos de comunicación. Algunos requieren apoyos mínimos en su vida cotidiana y otros necesitan acompañamiento mucho más constante.
Por eso suelo decirles a las familias:
“Si conoces a una persona con autismo, solo conoces a UNA persona con autismo”.
¿Qué señales pueden hacernos sospechar?
Actualmente sabemos que las características relacionadas con el autismo pueden empezar a hacerse evidentes durante los primeros años de vida. No siempre aparecen todas al mismo tiempo y algunas pueden ser muy sutiles.
Entre las señales que pueden justificar una valoración del desarrollo encontramos:
- Entre los 9 y 12 meses, ausencia o muy poco balbuceo.
- Alrededor de los 12 meses, poca respuesta al nombre o dificultades para establecer contacto visual y compartir interés con otras personas.
- Entre los 12 y 18 meses, poco uso de gestos para comunicarse, como señalar, mostrar objetos, decir adiós o buscar que otra persona observe algo interesante.
- Entre los 15 y 18 meses, ausencia de palabras con intención comunicativa.
- Alrededor de los 18 meses, poco interés en imitar acciones o participar en intercambios sociales.
- Hacia los 24 meses, ausencia de combinaciones espontáneas de dos palabras.
- Juego muy repetitivo o dificultad para desarrollar juego simbólico, por ejemplo, no logran jugar a la comidita o juegos de roles (al doctor, al cajero, etc).
- Movimientos repetitivos como aleteo, balanceo o determinadas formas de manipular objetos.
- Intereses particularmente intensos o necesidad importante de mantener ciertas rutinas.
- Reacciones muy intensas o inusualmente bajas ante sonidos, texturas, luces, sabores u otros estímulos.
- Pérdida de palabras, habilidades sociales o capacidades que ya habían adquirido.
Esta última merece especial atención: una regresión del desarrollo siempre debe ser valorada por un Neuropediatra
Y hay algo fundamental: ninguna de estas características, por sí sola, diagnostica autismo.
Lo que nos orienta es el conjunto de comportamientos, cómo han evolucionado a lo largo del desarrollo y cuánto interfieren o modifican el funcionamiento cotidiano del niño.
Entonces, ¿qué hago si veo estas señales en mi hijo?
1. Confía en tu observación
Los padres y cuidadores conocen a sus hijos mejor que nadie, y suelen ser los primeros en darse cuenta cuando algo ha cambiado o se desarrolla de manera diferente.
Si tienes una preocupación concreta, coméntala con tu pediatra.
Puede ayudarte llevar ejemplos específicos:
“Cuando lo llamo por su nombre casi nunca voltea”.
“Antes decía cinco palabras y dejó de utilizarlas”.
“No señala para enseñarme lo que quiere”.
“Puede pasar mucho tiempo girando las ruedas de sus juguetes y le cuesta utilizarlos de otra manera”.
Incluso algunos videos cortos de situaciones cotidianas pueden aportar información útil durante la consulta.
2. Solicita una valoración del desarrollo
Dependiendo de la edad y las características del niño, la evaluación puede involucrar pediatría, neurología pediátrica, pediatría del desarrollo, psiquiatría infantil, psicología o neuropsicología con experiencia en neurodesarrollo.
Además de valorar la posibilidad de autismo, es importante revisar de manera integral:
- lenguaje y comunicación;
- desarrollo motor;
- habilidades cognitivas;
- comportamiento;
- interacción social;
- sueño y alimentación;
- procesamiento sensorial;
- audición;
- y otras condiciones médicas o del neurodesarrollo que pudieran coexistir.
Porque el objetivo no debería ser únicamente responder “¿tiene o no tiene autismo?”, sino comprender cómo se está desarrollando ese niño y qué necesita.
3. Recuerda que una sola prueba o tamiz no es un diagnóstico
Existen cuestionarios diseñados para identificar niños con mayor probabilidad de presentar autismo. Uno de los más utilizados es el M-CHAT-R/F, que puede aplicarse entre los 16 y 30 meses.
Un resultado de riesgo no significa que el niño tenga autismo. Significa que requiere una evaluación más detallada.
De la misma manera, un resultado sin riesgo no sustituye la valoración médica si los padres o profesionales continúan observando señales preocupantes.
¿Cómo se diagnostica el autismo?
No existe actualmente un análisis de sangre, electroencefalograma, resonancia magnética o estudio genético que, por sí solo, pueda confirmar o descartar autismo.
El diagnóstico es clínico ( es decir de acuerdo con algunos test y pruebas neuropsicológicas, evaluación del neurodesarrollo, descartar otros posibles diagnósticos)
Se construye integrando la historia del desarrollo, la información proporcionada por la familia, la observación directa del niño y los criterios diagnósticos establecidos internacionalmente.
En determinadas evaluaciones pueden utilizarse herramientas estandarizadas como ADOS-2 o ADI-R, además de escalas de desarrollo, lenguaje o funcionamiento adaptativo.
Otros estudios —como evaluación auditiva, pruebas genéticas, electroencefalograma o resonancia magnética— se solicitan únicamente cuando la historia clínica y la exploración del niño indican que pueden aportar información adicional.
¿Debo esperar al diagnóstico para comenzar a ayudarlo?
No necesariamente.
Este es probablemente uno de los mensajes más importantes que quiero que se lleven.
***
Si un niño presenta, por ejemplo, un retraso significativo del lenguaje, dificultades para comunicarse, jugar, regularse o interactuar con su entorno, esas necesidades pueden comenzar a atenderse.
No necesitamos esperar al diagnóstico para apoyar una habilidad que claramente necesita desarrollarse, pero tampoco negarnos a él.
La evidencia científica disponible respalda distintas intervenciones tempranas dirigidas a objetivos específicos del desarrollo. Sin embargo, también debemos evitar la idea de que existe una única terapia, un número “mágico” de horas o un tratamiento que funcione de la misma manera para todos los niños.
El plan debe individualizarse.
Más terapias no siempre significa mejor atención. Importa mucho más que las intervenciones tengan objetivos claros, cuenten con respaldo científico, respeten al niño y exista comunicación entre profesionales y familia.
Y si todavía no sé qué está pasando, ¿qué hago?
Buscar una valoración no significa asumir un diagnóstico.
Significa obtener información.
Quizá la evaluación confirme autismo. Quizá encuentre un trastorno del lenguaje, dificultades auditivas, otro perfil del neurodesarrollo o simplemente identifique áreas que necesitan seguimiento.
Pero si tú estás viendo señales que te preocupan, no tengas miedo de preguntar.
La evaluación temprana no busca etiquetar a un niño ni determinar de antemano cómo será su futuro. Busca comprenderlo mejor para darle los apoyos que necesita en el momento en el que los necesita.
Y si finalmente tu hijo recibe un diagnóstico de autismo, recuerda algo que repito constantemente en consulta:
El diagnóstico no cambia quién es tu hijo.
Sigue siendo el mismo niño que conocías antes de entrar al consultorio, con sus gustos, su personalidad, sus retos y también sus fortalezas.
Ahora simplemente tenemos más información para poder entenderlo y acompañarlo mejor.
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