Cuando pensamos en cuidar la salud de nuestros hijos, normalmente pensamos en las vacunas, la alimentación, el crecimiento, los dientes o las visitas con el pediatra. Sin embargo, hay algo que ocurre varias veces al día y que también puede darnos información importante sobre su salud: la forma en que nuestros hijos orinan.
No se trata de revisar obsesivamente cada vez que van al baño ni de pensar que cualquier cambio significa una enfermedad. Se trata simplemente de conocer qué es normal en nuestro hijo para poder reconocer cuando algo cambia.
¿Qué podemos observar?
Cada niño tiene hábitos diferentes. Algunos van al baño con mayor frecuencia que otros y la cantidad de orina también puede variar dependiendo de cuánto líquido hayan tomado, la temperatura ambiental o la actividad física.
Lo importante es prestar atención cuando aparece un cambio que antes no existía, especialmente si persiste.
Por ejemplo, conviene comentarlo con un profesional de la salud si un niño comienza a:
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Orinar muchas más veces de lo habitual.
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Sentir dolor o ardor al orinar.
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Tener mucha urgencia para ir al baño.
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Tener accidentes durante el día o la noche después de haber logrado controlar la orina.
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Producir una cantidad de orina mucho menor de lo habitual.
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Presentar cambios llamativos o persistentes en el aspecto de la orina.
Algunos de estos síntomas pueden aparecer en una infección de vías urinarias, un problema relativamente frecuente durante la infancia.
Hay que prestar todavía más atención cuando los cambios al orinar se acompañan de fiebre, dolor abdominal o en la espalda, vómitos o decaimiento, porque el niño puede necesitar una valoración médica.
La orina no es lo único que debemos observar
Los riñones realizan funciones muy importantes. Además de producir la orina y eliminar sustancias de desecho, participan en el equilibrio de agua y minerales del organismo, ayudan a controlar la presión arterial y tienen otras funciones necesarias para el crecimiento y la salud.
Por eso algunas señales que pueden relacionarse con problemas renales no necesariamente aparecen dentro del baño.
Por ejemplo, si un niño presenta hinchazón persistente alrededor de los ojos, en los pies o en las piernas, especialmente si se acompaña de cambios importantes en la cantidad o características de la orina, es conveniente comentarlo con su pediatra.
Una señal aislada no significa automáticamente que exista una enfermedad renal. Lo importante es observar el conjunto de síntomas y, sobre todo, reconocer los cambios persistentes.
El agua también forma parte del cuidado
Una de las mejores costumbres que podemos enseñar desde pequeños es tomar agua regularmente durante el día.
También es conveniente evitar que las bebidas azucaradas se conviertan en la principal fuente de líquidos del niño. Una alimentación variada y equilibrada, junto con buenos hábitos de hidratación, forma parte del cuidado general de su salud.
Otro hábito sencillo es enseñarles a no aguantar durante mucho tiempo las ganas de ir al baño. Los niños pueden posponerlo porque están jugando, viendo televisión, en la escuela o simplemente porque no quieren interrumpir alguna actividad.
Ayudarles a establecer horarios y permitirles acudir al baño cuando lo necesitan favorece hábitos urinarios saludables.
Conoce los hábitos de tu hijo
No necesitas convertirte en especialista para cuidar sus riñones. Una de las herramientas más útiles es simplemente conocer a tu hijo.
Pregúntate de vez en cuando:
¿Está orinando como siempre?
¿Le duele cuando va al baño?
¿Ha comenzado a levantarse repetidamente durante la noche?
¿Ha cambiado de manera importante la cantidad de orina?
¿Ha aparecido hinchazón alrededor de sus ojos o piernas?
La mayoría de las veces estas preguntas no revelarán ningún problema. Pero conocer lo habitual permite reconocer con mayor facilidad cuando algo cambia.
¿Y si mi hijo ya tiene una enfermedad renal?
En ese caso las recomendaciones pueden ser diferentes.
Un niño con una enfermedad renal diagnosticada puede necesitar indicaciones específicas sobre líquidos, alimentación, medicamentos o controles médicos. Por eso no debe restringirse ni aumentarse el consumo de agua, sal, proteínas u otros alimentos por cuenta propia.
Las recomendaciones deben individualizarse de acuerdo con su enfermedad, edad, crecimiento y función renal.
Cuidar hoy también protege su futuro
La salud renal no comienza en la edad adulta. Muchos de los hábitos que acompañarán a nuestros hijos durante años se aprenden precisamente durante la infancia.
Enseñarles a beber agua, tener una alimentación equilibrada, acudir al baño cuando lo necesitan y hablar con nosotros cuando algo les duele son acciones sencillas que pueden convertirse en hábitos para toda la vida.
Y hay algo todavía más importante: observar sin alarmarse.
No todos los cambios significan enfermedad, pero los padres son quienes mejor conocen lo que normalmente sucede con sus hijos. Cuando aparece algo nuevo, persistente o acompañado de otros síntomas, consultar oportunamente puede hacer una gran diferencia.
Cuidar los riñones de nuestros niños también es cuidar su futuro.



